Pero, ¿es realmente posible cambiar las cosas? ¿Es sensato y prudente el optimismo? Bien decía el escritor italiano Claudio Magris en su novela Danubio que “el diablo es conservador”, y lo es –fundamentalmente- por dar por imposibles aquellos cambios que dependan de nuestro empeño para cumplirse.
“El diablo [dice Magris] es conservador porque no cree en el futuro ni en la esperanza, porque no consigue siquiera imaginar que el viejo Adán pueda transformarse, que la humanidad pueda regenerarse. Este obtuso y cínico conservadurismo es la causa de tantos males, porque induce a aceptarlos como si fueran inevitables y, en consecuencia, a permitirlos” (Danubio).
Para el diablo la comprensión insuperablemente lúcida del hombre es también impenetrablemente pesimista respecto de las posibilidades humanas de mejorar y corregirse sustancialmente. El diablo no cree ni es capaz de prever la novedad en el sentido más vivo y restaurador; no cree en la mejoría real de aquello que afecte al hombre, a su libertad y a su calaña moral. El diablo es viejo. Todavía más: no es que sepa más por viejo que por diablo, sino que es lo que sabe, y el modo de saberlo, lo que lo hace radicalmente viejo. El diablo confunde inteligencia y pesimismo y se mofa desdeñoso de quien todavía y después de todo aguarda lo mejor. Por eso la esperanza es, inevitablemente, lo que el diablo no espera.
El diablo, es decir, ese hondo caudal que nos cruza a cada uno de nosotros, es la poderosa gravidez que empuja a dar lo nefasto por definitivo. El conservadurismo del diablo consiste en pensar que nada que dependa de la catadura moral del hombre puede cambiar para mejor, que el mundo entero y cada persona sólo se conocen bien cuando se conocen las secretas miserias que alimentan sus vidas como el lodo de su sangre más genuina. Que son las mismas pasiones invencibles las que nos arrastran a todos por los mismos fangos y que sólo se resisten a reconocerlo los tontos que nada entienden o los hipócritas que lo disimulan.
Pero, además, el diablo es conservador porque se cree en posesión de la última palabra y en posesión del conocimiento del desenlace, del invencible y torcido destino de todo lo humano. El diablo menosprecia la libertad del ser humano porque no espera nada bueno. La desesperación es un error por precipitación, por dar las cosas –y en particular el destino humano- por sabidas de antemano: el desesperado se pasa de listo porque da por sabido que la última palabra es el mal; que es lo que le ocurre al diablo, que se equivoca no por tonto sino por listo, por creerse en posesión del saber decisivo que le lleva a anticipar la irrecuperabilidad de los hombres. El diablo se da cuenta, demasiado tarde, de que hay muchos modos de ser tonto, pero el peor no es carecer de inteligencia. Desesperarse es un error de precipitación porque no está a nuestro alcance saberlo todo y tampoco el final. Más todavía, desesperarse es precipitarse y en todos los sentidos: despeñarse y aventurarse indebidamente por no aguardar. De ahí que la precipitación en la que consiste la desesperación sea también una forma de impaciencia y de inmodestia, de amarga y desgraciada exhalación de suficiencia.
Sin embargo, la esperanza es lo que cabe tener cuando todavía no se sabe el final pero se persiste en la expectativa de que el temor no sea lo definitivamente cierto. La esperanza es la virtud del todavía, de las incertidumbres no resueltas, de los enigmas no descerrajados, es, en realidad, la virtud de la forma temporal de la existencia humana. De ahí que la esperanza incluya la suerte de paciencia que segrega la modestia de saber que no lo sabemos todo, que en lo real concurren muchos más aspectos de los que podemos prever, que no está en nuestro poder dar nada por definitivamente sabido, y mucho menos la suerte de un ser humano libre o una sociedad.
Que los ideales de la modernidad hayan incumplido sus promesas no nos condena irremediablemente al cinismo. El final de las utopías totalitarias nos ha enseñado que la pasión por el bien y la perfección nos arrastra al terror si el corazón desde el que se persiguen no está compuesto de paciencia y de modestia. El afán utópico por la realización del paraíso es no sólo una inmodestia, sino la manifestación de la falta de fortaleza que nos precipita en la impaciencia.
El verdadero desafío de los nuevos líderes no estriba en alcanzar la utopía ni en modificar de una vez y para siempre los paradigmas de la convivencia, la ciudadanía y la política. El verdadero desafío consiste en la capacidad para aspirar a lo mejor desde la incómoda paciencia de quien sabe que la tarea no acabará nunca, y que la insuperable imperfección de lo humano no se merece, sin embargo, el sarcasmo del cinismo crítico, sino “la ternura por las cosas” que crece por entre la modestia propia, el cuidado y la hospitalidad.
Es la síntesis de utopía, esperanza y modestia la que nos deja ser a un tiempo don Quijote y Sancho, sabiendo ambos que su visión es incompleta y precisa de la otra porque por sí solos ninguno de los dos alcanza a ver el mundo haciéndole justicia.
Si la utopía es la altura ideal de don Quijote, el cuidado y la hospitalidad son la ternura de Sancho por las cosas –la convivencia, la ciudadanía, la política-, ternura que no las abandona a su suerte por no ajustarse al ideal. “En la mirada que ha visto demasiadas cosas [dice Magris], se da la melancólica conciencia (…) de que el hombre no es inocente y de que el yelmo de Mambrino es una bacía. Pero se da también la conciencia de que el mundo de vez en cuando es tan encantador como el Edén, de que los hombres débiles y malvados son capaces también de generosidad y amor, de que un cuerpo mortal y efímero puede ser amado con pasión y el yelmo de Mambrino, aun inencontrable, refleja su resplandor en las cazuelas oxidadas.”
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