Recuerdo que cuando era niño mi papá me llevaba a El Rancho y me esperaba mientras pasaba largos ratos en mi fascinación: el famoso trencito. Incluso llegué a celebrar algunos cumpleaños allí. Ya un poco mayor, me llevaba al Daytona Park a correr karts y, de hecho, debo de haber sido de los últimos visitantes de este centro de entretenimiento cuando iba allí a seguir corriendo, mientras la piscina donde solían flotar los botes chocones lucía totalmente vacía y el gras me llegaba a las pantorrillas.
Cuando la semana pasada pude conocer, en mi investigación para el último artículo de portada de Semana Económica (SE 1265), nuevos centros de entretenimiento infantil como la Barbie Store, City Toys y Divercity, casi se borraron los recuerdos de los parques de entretenimiento de mi infancia. Qué no habría dado yo en esas visitas guiadas por haber entrado a jugar como si tuviera 15 ó 20 años menos.
Hoy los niños gozan de miles de herramientas más que las que tuve yo que los hacen poderosísimos en cuanto a la toma de decisiones, como la Internet y la publicidad dirigida específicamente a ellos, por nombrar sólo dos de ellas. Este poder ha generado que ya no sean los padres los que eligen la forma en la que sus hijos se divierten (como cuando, con sus mejores intenciones, mi papá me llevaba a los juegos mecánicos de las ferias cruceñas, cuando vivía en Bolivia), sino que sean ellos los que eligen dónde ir. Como uno de los entrevistados del artículo comentó, hoy los niños “hasta deciden qué papel higiénico comprar”.
La decisión es acertada, pues los niños se divierten más que nunca con un aspecto que está por crear un boom en el entretenimiento infantil: las experiencias vivenciales y los juegos de roles. No es que se acabe de descubrir una fórmula, sino que se ha logrado llegar al core del anhelo del niño: ser grande. En Divercity, Barbie Store y City Toys los niños juegan a ser grandes. Asimismo, las marcas de diversos sectores económicos han descubierto esta novedad y están participando en ella para así generar la fidelización de los niños para cuando estos, ya en realidad, sean grandes. Pero, al mismo tiempo, cumplen un rol: hacer que el juego sea provechoso (léase, educativo) al mismo tiempo que divertido.
Eso sí, ello no significa que ofertas más tradicionales como las de Coney Park y Happyland sean ya obsoletas. Es tal la expansión de centros comerciales (los cuales necesitan oferta de entretenimiento para generar más tráfico) que por el momento hay espacio para todos y, más bien, la oferta vivencial con la clásica se torna complementario.
Lo que sí está desterrado por completo es el formato de centros de entretenimientos gigantescos y solitarios. Hoy es necesario rentabilizar el metro cuadrado y que el entretenimiento se complemente con otro tipo de servicios, los cuales son ofrecidos en centros comerciales.
Así, El Rancho y La Granja Villa podrán ser revividos únicamente en mi memoria, porque cuando lleve a mis hijos a divertirse probablemente será a un centro comercial donde, mientras yo espere, lea noticias en un iPad o aproveche el tiempo en ir al banco.
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