Cada vez con más frecuencia los congresos o reuniones empresariales internacionales en nuestros países justifican su atractivo en traer a dos o tres gurús extranjeros a hablar de sus experiencias y a enseñarnos cómo hacer las cosas. La idea es que, proviniendo de países más desarrollados, su manera de lograr el éxito podría ser imitada por nosotros. Estamos de acuerdo en lo interesante que es ver qué está pasando en el mundo, sobre todo con conferencistas exitosos. Sin embargo, analizando la historia, dudamos que la adopción de sus recetas nos ayude a ser líderes mundiales.
Viendo los países que tuvieron liderazgo directo o indirecto en Latinoamérica, observamos que el primero, el Imperio Español basó su fuerza en una gran idea: la religión. Con el supuesto objetivo de "convertir a los salvajes en buenos cristianos", España justificó la conquista de América, y con la idea que era nombrado por Dios -precepto refrendado por el clero- el rey consiguió que el pueblo obedeciera sin chistar, bajo pena de pudrirse en los infiernos.
El siguiente gran imperio, el Británico ¿fue más religioso que el español? No. Por el contrario, su crecimiento fue laico y con una estructura social férrea, donde los nobles eran preparados para mandar y el pueblo para obedecer. Con ello, los británicos crearon una burocracia tremendamente funcional, donde cada quien sabía su lugar en la sociedad y obedecía sin dudas ni murmuraciones. De esa manera pudieron administrar India, América y todas sus colonias en el mundo.
Los Estados Unidos de América, la siguiente potencia mundial ¿copiaron entonces el paradigma británico para triunfar? Absolutamente no. Basados en su realidad de continente sin historia, todos los individuos tuvieron igual rango, y competían en las mismas condiciones unos contra otros. El individualismo y la ley del más fuerte hicieron que su economía creciera como espuma.
Japón, la siguiente potencia ¿logró triunfar pues mejoró la fórmula del individualismo? De ninguna manera. La base de su desarrollo fue por el contrario la idea de que el grupo era más importante que el individuo. Así cada japonés estuvo dispuesto a trabajar y sacrificarse por el éxito común, el de las empresas japonesas y, por su intermedio, el del Imperio Japonés.
Luego vino la Comunidad Europea, que podríamos pensar se desarrolló copiando el exitoso nacionalismo de los japoneses y llevándolo a un nivel mayor. No es así. Más bien, a pesar de que entre sus diversos miembros había una historia de guerras feroces y resentimientos ancestrales, la CE privilegió el mercado sobre los nacionalismos, y los países decidieron unirse buscando que el desarrollo tecnológico de sus asociados los hiciera más fuertes ante el mundo.
¿Y hoy la China? ¿Privilegió la tecnología y la llevó a su máxima expresión? Para nada. Más bien desarrolló un valor que antes otros habían despreciado: el de la mano de obra abundante y barata. Basada sobre todo en su más importante recurso, mil trescientos millones de trabajadores potenciales, China está creciendo a velocidades impensables hace unos años.
¿El camino de América Latina está entonces en imitar los mejores métodos usados por los países que nos anteceden en el desarrollo? La respuesta, por enésima vez en este artículo es no. Se trata más bien de crear estrategias que se adapten a nuestras condiciones y recursos. ¿Será quizás trabajar mejor nuestros grandes territorios, con sus riquezas naturales hoy envidiadas por los países sobre industrializados? ¿Quizás la respuesta está en potenciar esa cultura de emprendedorismo, donde se gestan las nuevas clases medias del Perú, Brasil o México? ¿Estará el desarrollo más bien en el interior, en la generación de riqueza en nuestras provincias, esas que fueron olvidadas en la historia del centralismo de casi todos los países latinoamericanos? ¿O es quizás el camino el del sector informal, omnipresente en todo el subcontinente?
En fin, no sabemos dónde está el camino del desarrollo. Pero estamos seguros de algo que la historia nos ha enseñado siglo tras siglo: que el liderazgo no se obtiene copiando la teoría H de Japón o el sistema XYZ europeo o chino. Ella nos dice más bien, que sólo con ideas propias, pensadas para nuestros mercados y nuestras condiciones, podremos ser algún día los primeros en el mundo.
(*) América Economía, lunes 13 de noviembre de 2009.
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