DE CACHETES CUARTEADOS Y PIES DESCALZOS (I)

Ruben Texto y fotos de Rubén Cano
Comunicación e Imagen
Aeropuerto

(...)El sol empezaba a quemar el rostro, pero el frío no se iba. Uno empieza tener una sensación extraña, (...) como si el cosmos confluyera distinto. Esa energía de nuestros Andes. Saqué la cámara y aún conservo esas fotos de nuestra llegada. “Descuida, el frío es mental”, decía Pam irónica. “Es mental, maldita sea”, repetí tratando de controlarlo(...)

Voces de aeropuerto

Cuando uno sale de madrugada, como huyendo de casa hacia esas calles solitarias, alumbradas por la luz blanquecina y amarillenta de postes silenciosos y espectros que pasan veloces tras la ventanilla, en esos momentos uno piensa en lo que vendrá, en lo que te traerá esta nueva experiencia. Lo primero que haces es prevenir. Sabemos que Puno es un extremo, tanto por lo frío como por lo alto.

Luego de pagar el impuesto y pasar por el suplicio del control de metales –donde si pudieran, le harían quitarse el marcapasos a cualquiera con tal de que el bendito aparato ese no suene-, me encontré a Lucho, siempre inquieto y lúcido. Me contaba viejas historias de la compañía. A lo lejos, una muchacha marcaba la diferencia con un sombrero de paja al final de una madrugada fría que aclaraba al clásico plomo “panza de burro”, y ese no saber si es una leve llovizna o una extrema humedad.

Pamela llegó rato antes que el altavoz convocara a los pasajeros con destino a la ciudad de Juliaca que se preparen para abordar por la puerta de embarque número doce. Pálidos, negros, blancos, amarillos, voces multiculturales, café caliente en vasos de cartón, niños llorando, turistas desenvueltos, ancianos leyendo, sacos y corbatas revisando sus correos electrónicos en blackberrys, laptops o notebooks. Luego caes en cuenta que lo más entretenido de los aeropuertos son los rostros perfectamente maquillados y peinados de esas señoritas uniformadas de azul y rojo.

(...)Lucho ya estaba en esa frontera difusa entre el estar bien y estar pésimo. Llegamos a un colegio de niños con capacidades especiales. Pero él aún corría, iba, venía, cargaba a los niños con un brazo y con el otro su pequeño tanque de oxígeno(...)
Lucho y Tanque

La cabina se cierra como una cápsula de sorojchi pills, los celulares se despiden de los seres queridos, te llamo cuando llegue y dile a Pepito que se porte bien, damos la bienvenida a los pasajeros frecuentes de Lan, línea aérea perteneciente a One World, también dile a mamá que pague el recibo, saca al perro, y preste atención a las indicaciones de vuelo. Yo también te quiero. Chau. Tripulación, crosscheck y reportarse. Despegamos hacia lo inesperado, un pitillo permanente, los lindos ojos de las aeromozas, esa amabilidad tan bien repasada, y un ¿qué le sirvo? Jugo de naranja está bien. Lucho y Pam se perdieron en asientos posteriores y las personas del costado no eran precisamente muy conversadoras. Igual, mis ojos se fueron cerrando y se abrieron minutos antes de llegar a Juliaca. Y es que cuando uno viaja duerme poco, sobretodo en la víspera.

Señores pasajeros, le damos la bienvenida al aeropuerto Inca Manco Cápac de la ciudad de Juliaca. Se destapa la cápsula y el frío te atraviesa la piel hasta los huesos, mientras bajas las escaleras, la mano pierde movilidad, el jean te enfría hasta el alma y es necesario hacer una parada en la tienda de chullos y guantes. El sol empezaba a quemar el rostro, pero el frío no se iba. Uno empieza tener una sensación extraña, como si cambiara algo al interior de uno, como si el cosmos confluyera distinto. Esa energía de nuestros Andes. Saqué la cámara y aún conservo esas fotos de nuestra llegada. “Descuida, el frío es mental”, decía Pam irónica. “Es mental, maldita sea”, repetí tratando de controlarlo.

Recorriendo la meseta – Día I

El Royal Inn es un tres estrellas que nos acoge en el centro de Juliaca. Lucho de a pocos iba adquiriendo una tez desmejorada. Entramos los tres a su habitación a compartir una espera que se volvió inquietante. Huber y Alaín llegaron. Nos vamos.

Niños Patio

En la subestación nos recibe Willy, Javier y Yensy. Todos sonríen, acogiéndonos amablemente y ayudándonos. El sol resplandecía furioso. El frío entumecía los músculos, tocaba los huesos, dolía. Cargamos las camionetas mientras Lucho le cantaba a Pam “Dama Iluminada”, canción que Christian Castro le canta a Verónica Castro, su madre. Pam odió esa canción y a Lucho en ese momento. Luego nos dividimos en dos grupos y nos enrumbamos a la Meseta del Collao.

Lucho ya estaba en esa frontera difusa entre el estar bien y estar pésimo. Llegamos a un colegio de niños con capacidades especiales. Pero él aún corría, iba, venía, cargaba a los niños con un brazo y con el otro su pequeño tanque de oxígeno. Incansable aún en la cansada sierra de ichu, ovejas, carneros y cielo azul marino.

Las profesoras incentivan una espontánea actuación escolar y Rocío, de cinco años, nos cautivó a todos con “Todos tenemos una casa”, devolviéndonos la esperanza por la vida. Lucho esboza unas palabras a voz en cuello, grita su discurso con el poco oxígeno que queda en sus pulmones. Incentiva a los niños, juega con ellos, los quiere. Huber acaricia las pequeñas cabezas de chullos y cabellos polvorientos, y al saber que rato después se irá, ya los empezaba a extrañar. Alaín los mira con cariño, les sonríe como a sus propios hijos, los abraza. Pamela se agacha y se convierte en la confidente de varios pequeños. Y yo que les hacía muecas para provocarles una sonrisa. Es lo mínimo posible, aunque detrás de la cámara sienta que todo esto es un sinsentido.

Niño Mirando
Niño Cantando

El Manhattan School con sus pabellones azules y sus niños uniformados nos recibió alegre. Y lucho que volvía a gritar con lo poco que le quedaba, y los niños que se ordenaban, y Pame que lo ayudaba, y que Huber y Alaín con los cuadernos. Yo trepaba una escalera enclenque y no importaba si el seguro cubre o no, importaba el deseo de registrar todo, de engrandecer a todas estas pequeñas sonrisas andinas, estas pequeñas postales que no te dejan ver su sufrimiento. Niños y héroes a la vez.

Lucho me quita la cámara, ya Rube, tienes que aparecer… y Rube que se integra para ser uno más y confundirse entre una masa de niños que lo acoge, que lo abraza, que lo quiere y que hace que la foto sea espectacular. Y a Pam que casi la tumban por el deseo de abrazarla, de quererla. El Perú cariñoso, el de niños del interior del país que quieren mucho, un Perú para nada violento. “Qué habrá pasado con los grandes” piensa Rube, como un niño del Collao.

Luego un nido de educación inicial con miradas recién salidas del huevo, personitas, sorprendidas, asombradas de tanto personaje estrafalario venido desde Lima. Nuevas postales de lo hermoso del Ande, aún ante el dolor de sus poblaciones, aún a pesar del frío, del soroche. Experiencia gratificante.

Llegamos al colegio Punta Sacahuasi, en Azángaro. Apareció de pronto, sobre una bicicleta despintada -esas de documentales sociales-, un blancón flaco, de chompa roja y chullo serrano, rostro doblemente pálido por el soroche y con ojos que se entrecerraban por el sol. Era Lucho, que no puede con su genio. Pero ese acto de malabarismo escénico, de generar sonrisas fue opacado por el arte del pequeño y sentimental José, que cantaba “quiero más cerveza” desde el fondo de su ser, transmitiendo alegría, coraje, fuerza para exponer sus demonios interiores y quizás, luego llene estadios para que la gente disfrute de su música, su nostalgia.

Lucho pone zapato
Huber

Los estragos de la altura no hicieron mella, pero sí debilitaron las fuerzas. Cerramos los recorridos por la llanura y fuimos agonizando al llegar a Juliaca. Ya de noche, cada uno en la soledad de su habitación habrá meditado acerca de esos cachetes colorados, cuarteados, esos rostros delicados, pero de corazón fuerte, que soporta los golpes del clima, pero más aún de la indiferencia, de la desidia, de la intolerancia, en medio de su tierra, polvo, ichu y sol incandescente, frío helado en medio de estrellas, vida diurna y muerte nocturna. En la soledad de la habitación no te cura una sorojchi pills, ni siquiera esas sonrisas que logramos compartir con ellos te dejan tranquilo. Allí te das cuenta que no hay cura para tu indignación, el dolor de saber cómo estarán durmiendo en ese momento Rocío o José. (Continuará).

 

 
 
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